22 de noviembre de 2012

Cementerio del Este, Poble Nou (Barcelona-España Nov 2012)

Un interesante paseo bajo la lluvia por 240 años de la historia, el arte y la cultura de la ciudad de Barcelona. Aunque en la actualidad se encuentra integrado en la metrópoli, el cementerio de Poblenou fue la primera gran necrópolis de España construida alejada de la ciudad, adelantándose a la primera legislación española que ordenaba el entierro fuera del núcleo urbano. Por orden del obispo Climent, se construyó en la segunda mitad del siglo XVIII, en una zona despoblada de uso agrícola, debido a la insalubridad que causaba inhumar los cuerpos en las parroquias, práctica habitual sobre todo entre las personas distinguidas. Al entrar se abre ante nosotros una monumental fachada de corte neoclásico, raramente mezclado con algunos elementos que fácilmente reconocemos como egipcios. Fotos: Alex Guerra Terra 2012  
Música: TwoStepsFromHell-FalseKing (Nemesis)
En ese tiempo, Barcelona aún era una ciudad con murallas, que comenzaba a crecer demográfica y económicamente. Las fosas comenzaban a saturarse. La falta de infraestructura mínima, como agua corriente o una red de cloacas, creaban grandes problemas de salud, que se veían agravados por las prácticas tradicionales de enterramiento. No obstante, en aquellos tiempos pocos querían ser enterrados en Poblenou, pues consideraban deshonroso no acabar los días en sus iglesias, en sus barrios y mucho peor, ser enterrados fuera de la ciudad. Así hasta 1813, fecha en la que el cementerio fue derribado por orden de Napoleón, allí sólo eran enterrados los más humildes pobladores, los abandonados y los que nadie reclamaba después de su muerte.
Derribado este cementerio, el terreno pasó al olvido hasta que años más tarde volvió la necesidad de construir uno, por los mismos problemas que Climent ya había detectado. Nuevas costumbres y modernizaciones sobrevenían en la ciudad durante aquel tiempo. La creación de un nuevo recinto mortuorio era más urgente que nunca, y sólo seis años más tarde de su destrucción y abandono, se construyó una necrópolis de corte neoclásico, dividido en cuatro zonas e ideado como un cementerio igualitario, con uniformidad de nichos e igualdad de lápidas.
Pero este planteamiento igualitario no convenció a la burguesía catalana, cuyos miembros contrataron a los mejores arquitectos y escultores del momento para ostentar su poder hasta después de la muerte, creando grandes panteones y obras de arte para sus sepulturas, por lo que a mediados del siglo XIX, tuvieron que realizarse ampliaciones, destinando una zona del recinto a estas nuevas tumbas, detrás de la capilla, y conocida hoy como el recinto de los panteones, un impresionante museo al aire libre, extraña mixtura de diversos estilos.
Barcelona se acostumbró al cementerio de Poblenou y a la nueva práctica funeraria no sin dificultades. Al principio el malestar de los habitantes por la construcción de la nueva necrópolis se traducía en rumores sobre robos de joyas o cuerpos de las tumbas, y quejas por los peligros de salir extramuros y el escaso transporte para llegar hasta la necrópolis. Aún así, ésta fue acomodándose entre las sociedad barcelonesa, y gracias a la distancia de la ciudad al camposanto y a las nuevas prácticas de inhumación, aparecieron nuevas profesiones como la de enterrador y portador de difuntos, y unos años más tarde, surgirían las primeras carrozas funerarias.
Pero tal vez el peor momento para este camposanto había sido el vivido después de la inauguración del cementerio del Sud-Oest, en Montjuic, a finales del siglo XIX. Este hecho lo relegó a un segundo plano, cayendo casi en el total abandono, aunque años más tarde, volvería a surgir sobre sus cenizas, para posicionarse ya definitivamente entre los barceloneses.
El paisaje dentro del recinto es impresionante, y a pesar de la tristeza del sitio, por lo que significa, se puede a sentir la emoción que emana de todo aquel vibrante arte. Ángeles y vírgenes compiten entre sí en belleza y misterio, pero quizá la obra escultórica que más impacta, es El beso de la muerte, que representa un difunto y un cadáver alado, o ángel de la muerte, que se lleva el alma del caído al cielo, no sin una morbosa crueldad. Las cuencas oculares vacías del ángel parecen observarnos y seguirnos con la mirada hueca; la verdad, los vellos se me erizaron y tuve que retirar la vista de aquel rostro pétreo, perturbado. La escultura está acompañada de unos emocionantes versos de mosén Verdaguer. Leí los versos: Mes son cor jovenívol no pot més;/ en ses venes la sanch s’atura y glaça/ i l’esma perduda amb la fe s’abraça/ sentint-se caure de la mort al bes. Un catalán muy anticuado, difícil de comprender, al menos para mí!!
Estos espectaculares panteones, estaban reservados para las familias de la vieja burguesía catalana. Pero conforme seguimos caminando, llegamos al sector de los nichos, que podría haber parecido lúgubre de no ser por todas las flores naturales y artificiales, plantas, velas votivas envueltas en plástico rojo, pequeños frasquitos, estampitas y fotografías, cruces y cristos crucificados, vírgenes y angelitos, que la gente había ido dejando en las aberturas y sus pequeños estantes. Una gran explosión de color.
Pero hay uno, uno de esos nichos, que concentra un inmenso catálogo de esas baratijas, inclasificables de tan heterogéneas. Se ve además que los nichos de alrededor e incluso parte de la pared de enfrente, permanecen vacíos para dar cabida a las ofrendas que la gente deja en aquel. Es la sepultura del llamado Santet, o santito en castellano, un joven fallecido muy prematuramente hace alrededor de cien años, y rodeado de una arraigada leyenda urbana a causa de su bondad en vida y los supuestos prodigios, favores y milagros que en ella obraba, y que incluso sigue obrando, aunque nada probado documentalmente, cosa que no impide que su tumba sea constantemente visitada y ornamentada por gentes de todo el mundo para rogarle ayuda con auténtica veneración.
Posé mi mirada por última vez en el nicho del santito, antes de seguir nuestro extraño paseo, y recordé con profunda tristeza un hecho que un día alguien me contó: la injusta desgracia que padecieron los restos mortales de todos los familiares que Antoni Gaudí había enterrado allí. Su madre Antonia, su padre Francesc, sus dos hermanos, Francesc y Rosa, su padrino Plácido y su sobrina Roseta, que habían reposado en un nicho de este cementerio hasta 1994, fueron macabramente trasladados por orden de desahucio del Ayuntamiento a la fosa común, por impago del nicho. Acontecimientos como este no tienen explicación ni excusa posible, según lo veo yo. Con lo que Barcelona le debe al arquitecto catalán, el Ayuntamiento debería haberle construido a los suyos el mejor panteón del cementerio y sin embargo, los abandonaron en la fosa común. El eterno misterio de la ingratitud y la miseria humana.
¿Hay algo más típico que un gato negro en un cementerio, en un día de lluvia del puente de día de los difuntos? Pues ale!!! Allí lo tenemos, y juro que no lo trajimos ni atrajimos, allí estaba él orondo, curioseando impávido con su mirada felina cada paso que dábamos.
Como esta construcción hay centenares, pero pasamos solo un rato de la mañana y mediodía. Si os digo la verdad, es uno de esos lugares donde uno podría perderse días tomando fotografías. Este edificio viejo, amarronado por el paso del tiempo y las plantas naciendo de sus techumbres, me encantó, pero hay muchos más. Escenario perfecto para un película de terror, ¿no os parece? Volveré, con toda seguridad!!!

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